domingo, 18 de diciembre de 2016

Y que pongan a los RIP


El otro día leí un artículo, ni sé dónde ni me puedo deshacer de la pereza que me da buscarlo, que hablaba de algo llamado Síndrome de Maná. Hablaba de que a día de hoy son algo así como los VOX de la música (porque son una mierda muy triste que nadie quiere). Sin embargo, también se preguntaba por qué tanto odio hacia dicho grupo, sobre todo si luego no hacen más que llenar bolos.

Esto, por lo visto, se debe a unas mal entendidas nostalgia y vergüenza ajena, que delimitan el cerco de lo que escuchamos a lo largo del tiempo y nos hace despreciar lo que nos gustaba en nuestra adolescencia. Vamos, más hipócrita que un comunista con posesiones materiales (ba dum tsss).

Eso me ha llevado a echar la vista atrás y repasar lo que hace unos años (no tantos) me gustaba mucho, dejando al lado el metal porque es una constante en mi vida. ¿Qué fue de los temas de Piperrak bajando en el eMule? Si la peña buscaba en La Oreja de Van Gogh rastros de ideología abertzale, ¿por qué no pasaban de esa mierda y se ponían a escuchar a Negu Gorriak, Zartako o Suspenders? ¿Eran tan buenos Skalariak? Y digo más, ¿eran buenos siquiera? ¿Por qué todos los adolescentes de izquierdas de mi época o creíamos que todo lo que viniera del País Vasco era revolucionario, o queríamos parecer extras de This is England?

En el artículo que leí habrían dicho que todos seguimos modas adolescentes, y con el paso del tiempo nos avergonzamos de quiénes éramos y por eso nos daría vergüenza escuchar a día de hoy a Maná, Laura Pausini, Santa Justa Klan o a mi polla en vinagre.

Pero la realidad es bien distinta.

Sí, cambiamos y las cosas que nos gustan ahora ya no son las que nos gustaban cuando teníamos quince o dieciséis años (y si tienes esa edad, que sepas que te va a acabar pasando), pero eso no quiere decir que seamos un rebaño por más que se empeñen en homogeneizarnos, en convertirnos en siervos de una hegemonía cultural, e incluso en vendernos un “progresismo” que nos quiere exactamente así.

Somos hijos de un tiempo, un pensamiento y una estética; y cuando empezamos a abrir los ojos a ciertas realidades de lo que nos rodea tenemos la necesidad de significarnos de una forma u otra, ya sea comenzando a trabajar unos intereses políticos, adoptando un aspecto o escuchando la música que sea, desde Eskorbuto hasta Skrillex, pasando por Rainbow. Esto ha pasado de forma constante a lo largo de la historia, porque cada directriz estética, intelectual o metafísica corresponde a una forma de ver o entender el mundo. Cuando avanzamos, dejamos atrás cosas, pero cincelamos nuestro yo golpe a golpe y nos convertimos en nosotros continuamente, con hegemonía cultural o sin ella.

Hay muchos aspectos socioculturales que son convertidos en moda, pero nosotros no somos una moda, porque en cuanto tomamos conciencia de lo que somos y de nuestro entorno dejamos de serlo.

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