jueves, 11 de septiembre de 2014

Los Wailers sin Bob


Si revisas el móvil y esta es la mejor foto que tienes de un concierto, mala señal...

La historia empieza hace unos meses, cuando un amigo me dice que vienen los Wailers a las fiestas de este año. En la misma ciudad cuyo alcalde diría unos meses después que es peligroso meterse en un ascensor con una mujer, el ayuntamiento incorpora en su programa de fiestas un concierto gratuito del mítico grupo que acompañó a Bob Marley en su andadura musical. Tócate los cojones. Aunque faltaran unos meses para la fecha señalada, mi amigo y yo nos abonamos al plan, y lo comentábamos cada vez que surgía la ocasión, incluso contando las horas para presenciar tan atípico espectáculo por estos lares.

Le tocó currar y se lo perdió.

Pero esta baja no me hundió la moral, sino al contrario. Yo, un blanquito sin rastas y con menos pinta de jamaicano que Angela Merkel, me reuní en la calle con otro colega como si estuviésemos en las calles del mismísimo Kingston, y este, con un aire muy poco rasta, me dice:

"¿Unas jarras antes?"

La verdad es que no nos robó mucho tiempo bebernos las cervezas, dar un paseo hasta el centro, aprovisionarnos con un par de litros y seguir hasta la música, aunque al parecer sí fue suficiente para perdernos una batería de canciones que iba desde "Get up, stand up" hasta el "Stir it up". Mientras caminábamos, nos decíamos que no habría mucha gente, que el reggae tampoco tenía tanto público aquí y todo eso, aunque nuestras palabras no evitaron que la plaza estuviese petada como nunca habría imaginado que lo estaría un miércoles por la noche.

Saludos de rigor a conocidos, buscar un buen sitio donde ver el panorama y acomodarnos un poco bastaron para hacer tiempo hasta que el "Could you be loved" invadiera la plaza. Los Wailers tal vez ya estaban en caliente y se entregaban, intercalando temas con breves speeches en un castellano un pelín trambólico.

Y entonces vino la primera bocanada a nuestras jetas.

Fue en el "Is this love". Las rodillas y los hombros empezaban a menearse solos en el típico baile que hace todo el mundo en un concierto de reggae, y el murmullo del "is this love, is this love that I'm feeling" recorría el público como un zumbido sordo. Tomamos aire para respirar al mismo tiempo, yo satisfecho por acariciar ese pedacito de historia musical aunque fuese de forma un tanto indirecta, mi colega no sé si por eso o porque necesita respirar para vivir. El caso es que ahí estaba. 

Colocación perfecta.

En todos los sentidos.

Miramos a nuestro alrededor y nos vimos rodeados por un grupo de chimeneas andantes, expulsando humo de forma que siempre parecía pasar por nosotros dos antes de fundirse con el aire (que ya empezaba a estar un poco viciado). Tras el primer impacto y las risas, nos fuimos concentrando más en el concierto y en los litros; pero entonces llegó el "Buffalo Soldiers", y al primer "woy yoy yoy" supe que algo raro pasaba.

Un simple vistazo me indicó que mi colega iba por el estilo, y la prisa que se daba en beber me confirmaba que tenía la boca pastosa. Fumada por contagio. El ambiente espesaba, los ojos picaban y el tiempo pasaba con una lentitud placentera. En un momento dado, tras un "Jammin" en versión extendida con solo de bajo incluido, los Wailers hicieron la típica pausa pre bises, y así se lo hice saber a quien pasase por ahí y le diera por escucharme, solo porque me entraron ganas de decirlo en alto, y mi amigo que se nota la boca seca y yo mientras que me está dando un poco de dolor de cabeza y entonces sale Al Anderson y se pone a tocar la guitarra y a todo el público se le viene el mundo encima porque estamos ya medio cocidos y sabemos que nos quiere distraer mientras el resto del grupo se pone tibio. En estas que le digo a mi colega que anda que no molaría que aprovechasen que lo que está tocando Al se tira un aire y empezasen a cantar la de "siempre quise ir a L.A.", y mi amigo descojonado, que cómo van a hacer eso, y yo que ya sé que no pero anda que no molaría.

Y por fin, cuando todos nos estamos acordando de toda la linea ascendente del guitarrista hasta llegar a sus bisabuelos, reaparecen los Wailers y todo el mundo está entregado, porque Valladolid lleva dentro un pedacito del primer y más puro reggae. Levantamos las manos y coreamos lo que sea que está sonando, porque empezamos a estar tan ciegos que ni terminamos de reconocer los temas. Pero entonces llega el "Exodus".

Y se acabó.

Los Wailers se van tan rápido como nosotros habíamos llegado, y yo me empiezo a descojonar del primer amigo que me dijo que quería venir y le tocó currar, porque me da que no nos vamos a ver en una igual en nuestra vida. Además, empiezo a estar convencido de que si el concierto llega a ser en un espacio cerrado nos tienen que sacar de allí en camilla.

Apenas estuvimos allí una hora.

jueves, 28 de agosto de 2014

Diez grandes canciones que requieren paciencia


Sea por duración, ritmo o temas anímicos de cada uno, todos encontramos alguna vez temas que solo nos empiezan a gustar cuando por nuestra cuenta hemos hecho ganas de escucharlos. De hecho, ilustro la entrada con esa imagen representativa del "Dark side of the Moon" porque creo que Pink Floyd son de ese tipo de grupos que tienes que escuchar con la disposición anímica adecuada. Aunque casualmente no haya metido nada suyo hoy.

En fin, vamos con la lista:

10- Blowing in the wind, de Bob Dylan: Canción mítica donde las haya, que me hace pensar en lo acertado que estaba en mis percepciones sobre este hombre. Repetitivo, simple y, lo peor, cantado por su voz, este alegato pacifista en forma de preguntas retóricas nos recuerda que si hay un talento del que Dylan hace gala una y otra vez es su habilidad como letrista.

9- Bela Lugosi's dead, de Bauhaus: Más de nueve minutos compuestos por un lento crescendo y un igual de lento diminuendo. Los considerados padres del rock gótico dejan ver la influencia que desplegarán para dar lugar a este género, mostrando aquí una lección magistral de dominio de lo atmosférico.

8- Fools Gold, de los Stone Roses: Una versión reducida de esta canción figuró en uno de los juegos de Fifa, tal vez porque no habría manera de escucharla entera mientras eliges equipo, equipación, formación y once inicial. Bien mirado, habría sido un desperdicio poner ahí el tema completo para joderlo a la mitad con la voz de Manolo Lama.

7- To live is to die, de Metallica: El extenso y casi silencioso panegírico a Cliff Burton me parece un miembro de pleno derecho de esta lista, no solo por tratarse de una canción instrumental que dura casi diez minutos en el disco más técnico del grupo (... And justice for all), sino también por marcar una frontera previa a lo que muchos consideran la caída de los californianos a nivel de calidad musical.

6- It was a pleasure then, de los Velvet Underground y Nico: Si ya de por sí el ex grupo del ya fallecido Lou Reed era difícil de coger el punto por su carácter experimental y huidizo de las estructuras y melodías típicas, esta desconcertante y algo siniestra colaboración con la cantante alemana y la extensión de la pieza hacen que sea rara de cojones. Para mi gusto, una pequeña joya que disfrutarás si acumulas la paciencia para escucharla entera.

5- Lover's rock, de los Clash: Antes pasaba invariablemente esta canción cada vez que ponía el London Calling. Más allá de que me pareciera una soberana gilipollez, había algo en el ritmo que me desconcertaba, como una voz interior que me decía que aquello no podía ser punk de ninguna manera. De todas formas, le fui concediendo su encanto escucha tras escucha, y ahora siempre me saca una sonrisilla toparme con ella.

4- Trae ese ron, de Violadores del Verso: Para todos los de mi generación que se acercaron por primera vez al rap nacional, lo más seguro es que este tema sea el principal culpable de seguir haciéndolo. Al hardcore le faltaba todavía algo de recorrido, pero había algo en las rimas de Kase.O, tal vez el mejor MC en nuestra lengua, que le ha acabado diferenciando del típico gangsta con el ego por las nubes: tener DE VERDAD algo que decir.

3- Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de los Beatles: Esta es cortita, así que no sé cómo consigue dar para tanto. De hecho, la composición de McCartney llegaba (según los fans) a anunciar su propia muerte y su sustitución por un tal Billy Sears. Supongo que según esos fans, fue ese y no el Beatle original quien se convirtió en Angela Lansbury...

2- Paranoid Android, de Radiohead: Una de las más míticas de uno de sus discos más míticos. ¿Por qué hace falta paciencia? Echando la vista atrás en la lista, diría que todo son temazos, pero no todos los temazos son llevaderos. Aquí las variaciones dinámicas y lo desconcertante de la letra hacen que la música juegue con tu ánimo.

1- Stairway to Heaven, de Led Zeppelin: Tal vez sea la mejor canción jamás hecha, aunque no me pienso molestar en contrastarlo (para mí lo es y punto), pero el arranque lento y melódico que marca el tempo de todo el tema te obliga a prestar atención a lo que estás escuchando en todo momento, para poder apreciar cada matiz de los que componen esta obra de arte de en torno a ocho minutos de duración. Tal vez por eso nadie la pondría en un bar.

lunes, 4 de agosto de 2014

domingo, 27 de julio de 2014

Ventajas y desventajas del alcohol


Ayer casi no tenía cuerpo ni para ponerme de pie, pero salí igual que tanta otra gente con la inocente idea de no liarme demasiado y tomar un poco el aire.

Pero en este caso fue verdad... más o menos.

Con una botella de té helado bajo un brazo y una pizza bajo el otro, me preparé para un día tan memorable como el de la imagen, solo que con el FIFA de por medio. Y las horas pasaban sin que mis planes se alterasen. Tal vez pasaron demasiadas, porque a las tantas de la madrugada estaba como nuevo, y me confié lo bastante como para salir a tomar algo a cualquier sitio que quedase abierto.

Y ese sitio no era un local cualquiera.

De hecho, es el lugar en el que desemboca la marea de borrachos que peregrina a paso irregular desde todos los sitios que han ido chapando a lo largo de la noche. Tú no lo notas porque vas pedo, pero con la teína estimulando tu respuesta nerviosa y el estómago convenientemente lleno, te fijas en detalles que:

A- Borracho ni verías.

B- En el caso de verlos, te harían reír o se te olvidarían.

Pero cuando estás allí, con una triste cerveza en la mano que has pagado a precio de oro a pesar de ser la marca más cutre del mercado (no digo cual), y sientes repulsión al ver a la gente bailando como por espasmos, de una forma que en otras circunstancias sería tu propio estilo; un extraño estado de alerta ante los defectos físicos y la tensión de los buitres que planean alrededor de la pista, acentuado por las esquirlas que pule de vez en cuando la luz estroboscópica; y la constante impresión de que no deberías estar allí, sino en algún sitio que tuviera, por lo menos, unas sillas y una mesa; te das cuenta de que algo no va bien.

Y ahí es cuando lo ves claro: Desde dentro, crees que bailas como Michael Jackson, que tus miradas son pícaras y seductoras, que la pista vibra bajo tus pies y eres capaz de hacer cualquier cosa, especialmente si con eso consigues acercarte a esa chica que no deja de mirarte de reojo y sonreír. Desde fuera dan ganas de vomitar, y no importa cuánto te engañes, ni cuánto maquilles con alcohol; porque estás en el sitio al que han ido a parar las sobras de la noche, no sabes bailar, tus miradas están desenfocadas, la pista está pegajosa y la chica no sonríe, sino que muere del asco ante una babosada más de las que ha tenido que aguantar toda la noche.

Por eso he tomado la firme decisión de no volver a pisar ese sitio antes de tomar al menos una fila de chupitos. Si para salir por ahí necesitamos un lubricante social, será porque sin él igual duele, ¿no?

domingo, 20 de julio de 2014

Simon y Garfunkel, la alegría de la huerta



En 1967, y gracias a la película El Graduado, este dúo neoyorkino de músicos de folk popularizó la tradicional canción de las Islas Británicas que tenemos arriba.

Juzgad vosotros mismos...

En mi caso, desde que tengo oídos plenamente funcionales he escuchado bastante música, y he acabado destinando una parcela mental a una serie de mitos entre los que se encuentran, por ejemplo, Bob Dylan, algunos tramos completos de la carrera de Eric Clapton, el Leonard Cohen más pesimista, el Phil Collins más recalcitrante, Bob Dylan otra vez, y por supuesto estos dos colegas. Dicha parcela no corresponde ya a los componentes de un playlist que bien podría aburrir a las ovejas antes del primer minuto, sino incluso a uno con potencial para amargarte la tarde hasta el punto de dejarte seducir por la idea de abrirte las venas.

Podríamos llamar a esto el factor Amaral, pero tampoco es justo, porque este grupo de baluartes del panorama musical ya hundía a la gente antes de que ella sacase sus temas preñados de alegría de vivir.

No es cuestión de desmerecer, pero tampoco de mitificar. Conozco gente que me diría que no tengo alma si les dijera que escuchar a Bob Dylan demasiado tiempo me raya las tripas.

O no.

A veces no está mal dejarte hundir un poco si es lo que pretendes. Cambiando de símil, no es lo mismo ver un vídeo de escenas de 300 mientras suena el Heart of steel de Manowar, que ver el mismo video mientras sueña el Hot stuff de Donna Summer (temática que me guardo para comentar otro día). Igual hoy para mí era el día de escuchar Scarborough fair (los domingos siempre me pasan factura, como ya he comentado aquí más de una vez), o incluso la banda sonora de Platoon, con el estómago hecho puré y sin ganas ni de salir de la habitación. 

Nadie ve un telediario pensando que va a encontrarse un capítulo de Heidi (y me refiero a uno de los del principio, de los más alegres), así que no sería buen plan dejarte atrapar por el factor Amaral antes de ir... yo que sé... a una fiesta ibicenca.

En mi caso, voy a dar un poco de vidilla a los restos de mi resaca con un grupo del que la gran mayoría solo conoce UNA canción (ya sabéis)...

Bueno, feliz próxima semana.