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domingo, 14 de diciembre de 2014

Sex on the farm


Todavía huelo un poco a Madrid.

El viernes salimos a las 8:00 a.m. para que nos diese tiempo a ver todo lo que íbamos a ver (que era mucho, tal vez demasiado), y el bus decidió que lo mejor era ir por nacional en vez de por autopista (aunque luego se comiera el peaje igual).

La paletada por la capital (como bien dice una de las protagonistas de esta historia, a la que, por aquello de las alusiones a terceros y el anonimato, llamaremos Jello Biafra) estaba a punto de comenzar, y los ánimos caían desde antes de bajar del bus, cuando todos estábamos en pie con los abrigos y las mochilas encima, deseando que se abrieran las puertas por diversos motivos dependientes de una misma razón: bajar de ese puto infierno rodante.

La profesora encargada de la práctica (a la que llamaremos Teddy Bautista), harta de vernos pulular por ahí, gritó "¡Sentaos!", y se hizo el silencio. Yo, que todavía iba empanado, no me enteré de nada y grité "¿Cómo?".

Ese era el nivel.

Llegamos a la tumba de Goya con muy poco respeto por el finado, si os digo la verdad, imitando con menos vergüenza que criterio un acento maño que acababa derivando en versiones decimonónicas de Violadores del Verso (entre otras cosas).

Mientras pasaban los sitios por nuestros ojos (y nosotros por los propios sitios), Jello Biafra, yo y otra compañera a la que llamaremos Janis Joplin, acabamos formando una especie de núcleo antisocial, hasta las pelotas de la clase, Teddy Bautista y Madrid (por el contexto) a partes iguales.

Había otro compañero más sociable, al que podríamos llamar PSY (¿No te gustaba el K-Pop?), y que a lo largo de la mañana iba y venía según le fuera pillando entre foto y foto (la verdad es que sí que parecía un guiri el cabrón). Janis, Jello y yo empezábamos a dudar de su fidelidad al bloque antisistema, pero cuando llegó la pausa para comer (y tardó en llegar), nos guió lejos de la masa de seguidores de Teddy Bautista hasta el retiro, donde Janis sacó un par de LPs...

La pena es que nos dejásemos por el camino a Nick Holmes. Y encima era su cumpleaños.

En fin, que afectados como estábamos por la música de esa sucia hippie, el mundo se volvía raro por momentos, y empezábamos a no saber ni la velocidad que llevábamos. 

Jello Biafra: ¿No vamos muy despacio?
Yo: No lo sé.
Janis Joplin: Nosotros vamos bien, el que va muy rápido es PSY.

En estas que llegamos a una cafetería frente al estanque, con una camarera muy maja y una buena B.S.O., que se volvió aún mejor cuando empezó a sonar Libertad sin ira, y Jello Biafra proclamó "¡eh, la canción de Miguel Ángel Blanco!".

Armados de café (que falta nos hacía), llegamos al palacio de cristal, donde alguien, no sé quién, estaba haciendo una performance, no sé cuál, y el buenrollismo de las bandas ambulantes que tocaban villancicos por todo el parque fue sustituido por un sonido que no sé si podríamos llamar música. Algo nos petó los pocos circuitos que nos quedaban sanos, entramos en contacto con el Maestro Constructor de Lego (poco después me coronaría divagando sobre si era el Maestro Constructor de Lego o el Maestro Constructor del Ego, porque entonces me pareció metafísico de la hostia), y entendimos el arte.

Se nos olvidó a los dos minutos.

El Museo del Prado ya fue el apoteosis. Llegamos en medio de otra performance muy distinta, que consistía en mantener la compostura y parecer normales (la jodíamos cada vez que abríamos la boca, eso sí), y volvimos a escindirnos del grupo en lo que tardamos en dejar los abrigos (igual es que Jello Biafra tenía razón e íbamos muy despacio).

Sin correa que nos sujetase, dimos rienda suelta a todo lo que teníamos dentro, con PSY dando por culo, Janis Joplin alabando la capacidad expresiva de Goya, Jello Biafra queriendo chupar Los Fusilamientos del Dos de Mayo, y yo dándome sustos porque la gente se había vuelto repentinamente sigilosa.

En cierto momento, me quedé fascinado con haber pillado WiFi cuando noté que Janis Joplin me estaba hablando.

Janis Joplin: ¿No nos encontraremos ahora con los de clase?
Yo: Estarán viendo lo de Goya.
Janis Joplin; Nosotros estamos viendo lo de Goya.
Yo (tras levantar la mirada del móvil): Ah...

El ambiente empezaba a resultar cargante. Necesitábamos que nos diera el aire como el comer (que también lo necesitábamos), así que fuimos hacia la salida. El problema es que El Prado tiene unas cuantas. Nos volvimos a separar de PSY, que se quedó embobado con alguna otra obra de por ahí, y tomamos las primeras escaleras que pillamos, siguiendo los cartelitos en la pared en los que ponía "salida". Y cuando llegamos...

Esta no es la salida del guardarropa.

Y vuelta a empezar. Las esculturas parecían todas iguales, llegábamos a salas en las que no había más salida que la puerta por la que acabábamos de entrar, y yo no podía hacer nada más que acelerar el paso y descojonarme.

Janis Joplin: ¿Pero de qué te ries?
Yo: Ah, ¿que a ti no te hace gracia?
Jello Biafra: Yo me quiero ir ya, ¿qué estamos haciendo?

Y por fin apareció PSY.

Nos enganchamos a una fila de japoneses y, aprovechando su rebufo, dimos con el mostrador de las audioguías y pudimos enfilar el pasillo para llegar al guardarropa, coger nuestras cosas y salir a la calle, donde el aire ya se llevó los restos más gordos de la caraja. Solo quedaba el viaje en bus, con la boca como una alpargata y sin apenas comida ni agua en las mochilas.

Menos mal que siempre hay un bar abierto cerca.

¿Y por qué el título de esta entrada es Sex on the farm? Eso queda en las conciencias de sus protagonistas, como lema perpetuo a un viernes que permanecerá siempre en nuestras memorias.

Aunque seguramente no nos volvamos a acordar de ello...

domingo, 14 de octubre de 2012

The Legend of Zelda: Gatsby Times


El Gran Gatsby tuvo varias adaptaciones al cine. Todas pésimas. La "definitiva" fue dirigida por Jack Clayton, protagonizada por Robert Redford y Mia Farrow, y su guión fue escrito por Francis Ford Coppola.

La peli va de que ser rico no es para tanto, porque produce un tremendo hastío y un gran vacío existencial, y encima pierdes a Daisy, a la que quieres tanto y todo eso, así que, después de todo, ser pobre no es tan malo. Gatsby hace fiestas en las que él se aburre, los invitados ricos se aburren, la fauna local se aburre, y hasta los cámaras se aburren. ¿Se aburrirían tanto Coppola y Clayton?

Eso sí, en El Gran Gatsby sale ropa muy bonita, para que los invitados puedan acudir a sus orgías decadentes y soporíferas.

Nadie tiene ni puta idea de cuál es el mensaje de la novela (nadie que trabaje en Hollywood, quiero decir), y se nota. Una pista importante (aunque supongo que algo involuntaria) es la dedicatoria, antes del primer capítulo, de Scott Fitzgerald hacia su mujer, Zelda, cuya locura explotó varios años después de su publicación, pero imagino que por entonces ya sería visible. A ninguno de los cineastas que han afrontado esta historia le ha importado lo más mínimo todo eso de lo efímero del tiempo y la nostalgia por un pasado que ya nunca volverá, ni que el propio matrimonio se pasara su vida en común buscando momentos que pudieran alejarlo de su constante caída libre, y ponerlo en el camino de unos buenos viejos tiempos que nadie sabe con certeza si existieron realmente.

No os dejéis engañar por El Gran Gatsby. Los "nuevos ricos" tienen un aspecto bastante más parecido al de la foto de arriba.

viernes, 3 de junio de 2011

Fredo: Las manos del talento


He aquí una de esas gratas sorpresas que nos depara internet de vez en cuando: Fredo.

Su blog (podéis acceder a él haciendo click sobre la imagen de arriba) muestra una interesante lectura nada más entrar: "He aquí el reflejo de tu curiosidad". Viendo sus dibujos uno entiende por qué.

Con un estilo que nada tiene que envidiar a artistas que han pasado a la historia (El Bosco es un ejemplo clarísimo), Fredo muestra (con una periodicidad variable) lo que es capaz de hacer con un lapicero y un folio.

Cabe destacar, por supuesto, su increible capacidad para aportar a sus dibujos una tercera dimensión y hacer que parezcan, desde cierto punto de vista, sólidos y reales... ¿Que no? ¡Mirad esto!


Por increible que os parezca, la copa es un dibujo.

El trabajo de Fredo es una auténtica oda al talento y la habilidad, lo cual es más meritorio todavía teniendo en cuenta la calidad que muestran ciertas obras de arte contemporáneo y los estándares estéticos en los que nos movemos últimamente...