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martes, 14 de mayo de 2013

Un día normal, parte 1: Otra vez será.


Pantalla de inicio:

- Estas en tu habitación, recién vestido y preparado para salir. Tu indicador de salud está al máximo. Tu indicador de maná está a medias después de tu táctica de sueño reparador. Sin armas. Bolsa con diez monedas (de euro). Artefactos: Llaves de casa (para entrar en tu guarida).

Personaje:

- Nombre: Student 001.
- Nivel: 70% dormido. 30% apático.

Misiones:

- Principal: Ir a clase y sobrevivir.
- Paralelas: Aún ocultas.

Desarrollo:

- Sales de casa, aún mareado por la escasez de maná. Caminas por la acera. Activas truco: Cruzar sin semáforo. El juego tiene un bug: No dejan de pasar coches. Buscas un semáforo y logras cruzar. Avanzas de pantalla.
- El tiempo se agota, pierdes tu bonus track. Debes enfrentarte al primer adversario: Conserje enfadado (Vidas: 3. Nivel: 50% enfadado. 50% patético). Activas truco: Primera hora en cafetería. A cambio pierdes 25% de vida. Avanzas de pantalla.
- Entras en cafetería. Activas truco: Ponerse delante de la camarera. El juego tiene un bug: La camarera no te detecta. Aparece nuevo jugador: Compañero de clase. Conseguís pedir dos cervezas. El juego tiene un bug: No podéis salir de la cafetería. Se acaban las clases. Pierdes 75% restante de vida y todo tu dinero.

Game over.

(Continuará...)

sábado, 3 de marzo de 2012

Regreso


Como Luke Skywalker tras perder la mano a manos (valga la redundancia) de su padre, como la depresión post-vacacional, como Ozzy Osbourne le contó a su "mama", como Bogart al salir del aeropuerto con su nuevo amigo el poli, como el pringado que le pone el gorro en la boca al perro en el anuncio del turrón, como  la señora Doubtfire después de travestirse delante de sus hijos, como el Barça después de cagarla en casi todos sus partidos como visitante... en definitiva, como todos los que vuelven a casa. 

sábado, 15 de octubre de 2011

Decálogo del buen dependiente


(A modo de prólogo: estos consejos están destinados a orientar a dependientes de tiendas de productos de ocio, pero son extrapolables a la labor de cualquier dependiente... si no todos, casi todos.)

1- El orden de los productos de la tienda no tiene por qué ser lógico. Existe un millón de formas de volver loco al cliente, ya sea colocando las cosas en relación al grado de simpatía que sientas por ellas, o a lo bonito o feo que resulte su aspecto. Al hacer esto, el cliente se verá obligado a danzar por las estanterías como si hubiese desembarcado en otra dimensión, haciendo ver a la gente de fuera que la tienda tiene actividad.

2- Marcar los productos es fácil cuando se hace con pistola. Además, distraerse con ella es divertido, y puede dar la impresión de que haces algo productivo.

3- Cuando un cliente te pida algo que está en el almacén, no es necesario que se lo traigas a toda prisa. No conviene forzar la máquina y acabar sepultado por una avalancha de cajas. Los viajes al almacén son un buen pretexto para estirar las piernas y descansar.

4- El cliente siempre tiene la razón, es decir, el cliente NUNCA tiene la razón. El cliente está perdido y necesita del dependiente para que le oriente y le ayude a decidirse a comprar lo que quiere (o lo que no hay forma de conseguir que nadie se lleve).

5- Comprar muchas veces puede responder al intento de recuperar autoestima perdida, así que abre bien los ojos y que no se te escapen los depresivos.

6- Los pedidos siempre llegan tarde, demasiado tarde como para que al cliente le convenga esperar. Si algo va a tardar veinte días en llegar, lo mejor es decirle al cliente que van a tardar diez, y cuando al cabo de diez días regrese, decirle que tus distribuidores han metido la pata y que harán falta diez días más. El cliente se encabronará, pero acabará esperando. Si la espera se divide en hitos, es mucho más llevadera.

7- Aunque no lo parezca, el trabajo del dependiente es intelectual. Cada venta es una intrincada partida de ajedrez entre vendedor y cliente. ¿Qué quiero decir con esto? Que no dejes que te cohíba sentarte tranquilamente a engordar.

8- Habla por teléfono. La jornada laboral es muy larga, y los clientes no suelen ser tan maleducados como para cortar tu conversación. Una llamada a tus colegas no solo puede salirte gratis, sino que también puede significar un cómodo descanso. Si algún cliente es lo suficiente maleducado como para interrumpirte, puedes decirle que se largue. No es bueno tener un ambiente hostil en el trabajo.

9- Si estás cerrando, estás cerrando, así que no entra ni Dios. ¿Acaso en el banco te perdonan cuotas aunque pretendas pagarlas al día siguiente?

10- Por último, y quizá más importante, tus conocimientos siempre SON superiores a los del cliente. Si no fuera así, el cliente serías tú, así que no pierdas ocasión de demostrarlo. Y cuanto más humillante lo hagas, mejor.

miércoles, 20 de julio de 2011

¿Pero esta chapuza quién se la ha hecho, señora?


Esa imagen que contempláis atónitos es solo un ejemplo de la plaga más molesta que asola estos tiempos modernos. Miréis donde miréis, la chapuza, o "benitada", en honor al personaje del ya confirmado como cineasta talentoso Carlos Iglesias, está ahí.

¿Se trata de una manifestación de la clase obrera para hacer saber a los poderosos que ellos siguen siendo la base del pueblo? ¿Si lo anterior es cierto, no sería más lógico hacer esas chapuzas en la Zarzuela y no en las casas de todo hijo de vecino? ¿Es acaso una especie de seña de identidad? ¿Se reconocen unos operarios a otros por la clase de chapuza con la que se encuentran? ("¡Anda, un lavabo en el que el agua caliente sale girando el grifo del agua fría y viceversa! ¡Por aquí ha pasado la cuadrilla de Romero!") Y, lo más importante: en caso de ser cierto todo lo anterior, ¿por esos motivos tan absurdos tengo yo que estar en mi propia casa con el pijama arremangado porque el agua me llega por los tobillos?

Sí, lo habéis adivinado, estoy de obras en casa. Si sobrevivo a mañana, y si no he utilizado el ordenador para destrozar el cráneo a algún peón incompetente, os contaré el resto de la película. Mientras tanto, meditad sobre la suerte que tenéis de no estar pasando por este calvario ahora mismo... ¡Ay, la tómbola de la vida!

lunes, 11 de abril de 2011

Parental advisory


La forma habitual de educar a los niños entraña una curiosidad a la que no parece prestársele la atención merecida: mientras que, por un lado, se trata de inculcar un rechazo hacia la mentira, pasando desde casposas elocuciones como "las mentiras tienen las patas muy cortas" o "con la verdad se llega a todas partes" hasta castigos que penalizan dicha práctica; por otro lado se les miente constantemente.

Ya es un hecho tradicional el de hablar a los más pequeños de cosas como la existencia de seres (a veces tres, a veces uno, a veces humanos, a veces roedores...) que juzgan mágicamente su comportamiento y actuan en consecuencia, las vanas promesas sobre una futura ausencia de venganza física por algo que han hecho, o las titubeantes respuestas sobre el proceso de creación de un infante.

Por ejemplo, uno de los recuerdos que me acompañan desde primaria es un pacto que hizo mi padre conmigo: "si lo apruebas todo con buena nota te compro un ordenador". Nada más lejos de mi intención que presumir de mis habilidades académicas (las cuales parecen ya perdidas de forma irremediable) o menospreciar la visión de conjunto de mi progenitor, pero alcanzar dicha cota no representaba mucha dificultad para mí. El caso es que, cuando me presenté en casa con unas notas impolutas, os podéis imaginar cual fue la respuesta de mi padre.

Sobornos, mentiras, manipulación de mentes aún por formar... ¿y con este panorama a alguien le extraña cómo está el patio? Se puede aprender tanto de las generaciones pasadas...

sábado, 9 de abril de 2011

Vino con barquillo


Durante las fiestas de mi ciudad, hay una caseta, decorada con dos simpáticos maniquíes como los que véis en la fotografía, en la que sirven un vaso de vino con un barquillo de oblea a modo de pajita (pero no es para que bebas, es para que lo mojes y te lo comas... bueno, es tu vino, te lo puedes beber como te salga del r) y, cuando era pequeño, era una tradición obligada para mis padres, tíos, abuelos y todo familiar que me llevase a la feria pasar por allí.

Sin embargo, en lugar de pedir el vino y el barquillo sin más, pedían DOS, siendo yo el beneficiario de uno de los barquillos, y mi acompañante de turno el de los dos chupitos. Si un día tenía suerte y por la mañana mis tíos me llevaban a la feria, a mediodía mis abuelos me llevaban a comer a las casetas, y por la tarde me llevaban mis padres, eran tres los barquillos empapados en vino que me metía para el cuerpo.

Lo más curioso es que ninguno de los invitadores ha llegado a saber jamás que mis demás acompañantes también me convidaban al tradicional barquillo borracho... mejor para mí, claro.

viernes, 8 de abril de 2011

Parecidos razonables de la música

Juzgad vosotros mismos:





Estos son solo tres ejemplos. Si se os ocurren más parecidos razonables (ojo, que aquí nadie dice nada de plagio, solo "parecidos razonables") no dudéis en compartirlos.

viernes, 1 de abril de 2011

Conversaciones profundas


Bueno, solo tengo una cosa que añadir:

Tatatatatatatatatatatata tatatatatatatatatatatatatatatatatata tatatatatatatatatata tatata tatatatatatatata

Tatata

martes, 22 de marzo de 2011

Tiempo al tiempo


Todos los recuerdos que tengo de mi infancia que, de alguna manera, están relacionados con los ancianos, también tienen que ver con la ira, y, en ocasiones, con la violencia.

No sé si sería cosa del ambiente, de la medicación, o de algún producto que le echasen al agua (o, simplemente, por coincidencia geográfica), pero los ancianos de mi barrio, como mínimo, podían gritar a un niño durante hasta quince minutos seguidos, y sin haber hecho éste nada para merecerlo. Y ya no os digo nada si el infante en cuestión pisaba el césped, jugaba al fútbol, corría de un lado a otro o, simplemente, saludaba.

¿Por qué esa acritud hacia los seres más jóvenes? ¿Quizás por algún resentimiento propio de la edad? ¿Que, con el paso de los años, montar en cólera es la única afición que sale a cuenta? ¿O, sencillamente,  se trata una visceral envidia al contemplar sus jóvenes cuerpos y su felicidad desbordante?

El caso es que, cuando murió el señor Ramón, uno de los ancianos que trató de amargar mi infancia, lo único que pude pensar cuando estuve ante su esquela fue “en fin, viejo, fuiste un rival digno”, pero, a día de hoy incluso le echo un poco de menos. Ains… ¡Añorada infancia!