lunes, 7 de octubre de 2013

Fantasías


La farmacéutica de mi barrio está muy buena. Y es un problema.

Por ejemplo, ahora mismo estoy con un trancazo (dentro de este contexto tal vez sería mejor decir "catarro") descomunal, y tengo que bajar a la farmacia a por un jarabe para la tos y los mocos, pero me echa para atrás la imagen que me devuelve el espejo: ojeroso, con la nariz enrojecida y despellejada de tanto sonarme, y la boca entreabierta para poder respirar por algún sitio. ¿Qué escena me depara el futuro?

Farmacéutica: ¡Hola, David!
Yo: Hoda, ¿gue tad?
F: ¿Perdón?
Y: Gue digo gue tad edtads... buedo, da iguad, be buedez dad un jadabe pada lod bocos.
F: Oh... vale, un jarabe para los mocos... supongo.

Pero esto no es todo. Cada vez que contemplo alucinado el cuerpo que se intuye tras su bata, o sus ojos enormes y brillantes, algo en mi interior me recuerda que ella lleva ya un par de años conociendo mi historial de mucosidad, diarrea y cosas por el estilo. Precisamente lo último que quieres que tenga en mente una mujer así cada vez que te mira.

Porque nos gusta empeñarnos en ser una imagen irreal de nosotros ante alguien que nos gusta, y desterramos cualquier cosa que pueda resultar mínimamente desagradable. Es simple: los mocos no tienen cabida en nuestra fantasía.

Y si es así, eres raro de cojones.

De todas formas, por más que lo piense, mi aspecto no va a mejorar, ni el suyo a empeorar, así que será mejor que me prepare para disimular mi trancazo (sí, lo he dicho).