domingo, 30 de junio de 2013

Reflexiones dominicales


Hay sábados en los que sales de casa y, en el mismo instante en el que pones un pie fuera del portal, tienes el presentimiento de que al día siguiente vas a tener muchas cosas de las que arrepentirte.

Parece un plan inocente, ir a casa de un amigo, tomar unas cervezas tranquilamente y prontito a casa para aprovechar el domingo. Los cojones. Es una regla universal que las juergas más escandalosas surgen de la simple frase “hoy no me quiero liar”. Al menos es lo que logras pensar entre risas unas quince cervezas después, mientras decides que hace mucho que no te tomas una copa en condiciones.

Gran error.

Los momentos sucesivos llegan a mi memoria como una especie de planos descontextualizados y de lo más desconcertantes. Hay risas, empujones, llamadas y mensajes subidos de tono, baboseos varios al principio a las chicas más atractivas pero a medida que avanza la noche a cualquier figura mínimamente femenina… todo aderezado con alcohol en tanta cantidad que parecía que lo pidiésemos por garrafas.

Cuando, ya por la mañana, he llegado a casa solo Dios sabe cómo y me he abalanzado sobre la nevera cual chacal rabioso, no tenía ni idea de la que se avecinaba cuando, al despertar, recordara el amplio catálogo de cosas vergonzosas con las que me había lucido.

Pobre idiota infeliz.

Sin embargo, solo tienes que meditarlo con calma para darte cuenta de que en realidad no hay problema en lo que has hecho. El alcohol simplemente adormece tus inhibiciones para empujarte a hacer cosas a las que ya estabas dispuesto. De ahí que las normas y protocolos se trastoquen ante la presencia del lubricante social arañando tu hígado. Entonces, ¿cuál es el problema? Muy sencillo: no se trata de lo que hiciste anoche y ahora repasas con horror. Lo que de verdad espanta a tu resacosa y dolorida mente es CÓMO lo hiciste.

No hay nada mejor para deshacerse del móvil que un mensaje baboso a tu ex a las tantas de la mañana. Y esa es solo una de las múltiples cagadas posibles. Hagan juego, señores.

Gracias a Dios que existe el Ibuprofeno.