lunes, 28 de febrero de 2011

Carpe diem


España es un país en el que, tras cuatro décadas de represión franquista, llegó la transición y, al poco tiempo, la movida. Las fronteras de la libertad de expresión se expandieron en el sentido estético hacia un claro objetivo: escandalizar… vamos, copiar lo que ya hizo el movimiento punk en los años de máximo esplendor del CBGB, o los hippies durante el convulso periodo de la guerra de Vietnam.

Sin embargo, con la excusa de la liberación se perdonó todo, y surgió un éxito que las generaciones venideras íbamos a tardar en perdonar, o, simplemente, condenar a un merecidísimo ostracismo.

Me estoy refiriendo, por supuesto, a la noticia que, entre revoluciones, ha pasado desapercibida: el regreso de Locomía a los escenarios. Para los que no recordéis este fenómeno, pensad en cuatro tipos del poblado de las Barranquillas, vestidos con camisas plagadas de purpurina y volantes, esgrimiendo abanicos al son de una música entre lo pastillero y lo tipical spanish.

Este grupo pasó de la noche a la mañana a formar parte de la socorrida cultura pop de serie B española, para, poco después, tirarse de los pelos (algunos oxigenados, algunos repletos de extensiones) en las salas de juicio. Su canción más conocida ha pasado a convertirse en un tema de culto, mientras ellos acabaron por colgar las lentejuelas y someterse al justo premio del olvido.

Pero vuelven, y yo no sé dónde meterme para que mi tío no tenga la brillante idea de encargar una remesa de greatest hits para la tienda… en fin. ¿Por qué a los estadounidenses les sale Creedence Clearwater Revival y a nosotros nos sale Locomía?

domingo, 27 de febrero de 2011

Y Dios vio que era bueno


Según la Biblia, Dios hizo el mundo en seis días, y dedicó el domingo a descansar, algo así como: “y Dios vio que era bueno, así que decidió que, por muchas misas que hicieran, los domingos no iba a estar para nadie”.

El caso es que los domingos no son un día para los pensamientos trascendentales. Después de una semana de actividad similar a un viaje en montaña rusa, llega el momento de pasar por la taquilla, ver la foto y comprar otro ticket.

Ya sea uno un joven que descansa de un gran sábado; un no-tan-joven que se da cuenta de que, precisamente, no es tan joven como creía; un trabajador que, por fin, descansa de una extenuante (o no tanto) jornada laboral; o un anciano dispuesto a pasar una tarde de partida y partido sin sobresaltos; el mundo se detiene el domingo, y arrastra sus resacosos restos hasta el rincón más profundo de la caverna más escondida para lamerse sus heridas y, con un quejumbroso suspiro, murmurar “juro que no vuelvo a beber”.

¿En qué pensaba Dios cuando vio que esto era bueno?

sábado, 26 de febrero de 2011

Me aburro… voy a disfrazar al perro de Yoda


Hoy tengo una de esas reuniones familiares que tanto nos gustan a todos, y la posibilidad de que en esa reunión esté mi tía me ha hecho recordar algo:

Últimamente, a raíz de cierto indeseable, se está hablando mucho del maltrato animal, así que quiero aportar mi granito de arena y hablar de una forma de maltrato animal muy poco denunciada: disfrazar a tu mascota.

Cada vez que veo a mi tía luchando contra el perro porque se le ha puesto entre ceja y ceja hacerle una foto vestido de spiderman se me envenena el alma. Joder, ¿Qué os ha hecho el pobre animal para que le humilléis de esa forma? Porque no creo que os lo haya pedido él, como mucho, algún ladrido suyo habrá parecido un “te quiero”, o eso has creído tú (por favor, usuarios de YouTube, dejad de subir videos de vuestros perros ladrando, no, no dice “te quiero”, dice “guau”, que a vuestros amigos se les debe quedar una cara de gilipollas cuando les decís que les vais a enseñar cómo el perro dice “te quiero”, que eso sí debe ser para grabarlo y subirlo a la red).

El maltrato animal es algo terrible, y no debe tomarse a broma jamás, pero, de verdad, estoy convencido de que disfrazar al perro debería estar tipificado como delito de tortura psicológica. ¿Cuándo te va a entrar en la cabeza que lo que tienes es un ser vivo, no una muñeca de feria? Convenceros de una vez, la única parte que gana con ponerle un disfraz a un perro es la cruel industria textil canina, que se lucra con este horror de forma inmisericorde. ¡Basta ya de perros disfrazados!

viernes, 25 de febrero de 2011

Un chico de barrio... Sésamo




¿Por qué es tan divertido que un personaje infantil se desmelene? Hoy, durante uno de esos interminables vacíos de clientes, me zambullí en el inmenso mar de tonterías que es YouTube, y esto es lo que encontré.

Volviendo a mi pregunta: ¿Qué hace tan fascinante ver a la Rana Gustavo con una depresión de caballo y un cigarro en la boca mientras toca con su guitarra las baladas más envenenadas de la historia del rock? ¿O presenciar el ataque de un sangriento Teletubbie? ¿O a la cerdita Peggy con unas bragazas de abuela debajo de aquel vestido de princesita? (con todos mis respetos hacia el gran Jim Henson, ¿Cómo pudo no darse cuenta de que ponerle a un cerdo un traje de princesa es como ponerle a Jesucristo un parche en el ojo y una sierra eléctrica?)

El caso es que, en mi humilde opinión, pocas cosas hay en esta vida que sean más divertidas que ver a Epi (¿O es a Blas?) marcándose un demencial solo de death metal, aunque he de decir que el Espinete punkarra le sigue muy de cerca:

Monerías varias


No recuerdo en qué curso de primaria estaba cuando nos llevaron de excursión al zoo. Es más, el transcurrir de aquella visita hace mucho que voló de mi cabeza casi en su totalidad.  Solo un detalle se salvó de la quema.

Al llegar a la jaula de los monos, tanto mis compañeros de clase como yo pudimos contemplar atónitos cómo un buen puñado de adultos, hombres y mujeres hechos y derechos, se dedicaban a señalar a los monos, a hacerles muecas de burla y a gesticular de forma exagerada, mientras se reían y decían cosas como “¡Mira los monitos, qué ricos son!”.

Nosotros, al igual que los monos, no quitábamos ojo al espectáculo que nos brindaba el ser humano moderno, mientras nos preguntábamos quién coño había pagado la entrada allí, si ellos o los monos. Ahí me di cuenta de que, por mucho que la especie haya evolucionado, no somos tan distintos… solo ha cambiado el tipo de mierda que nos tiramos unos a otros.

jueves, 24 de febrero de 2011

Julien es el máximo exponente del reggaetón

Ayer llegó un chico a la tienda y me pidió “algo de reggaetón”, así, en genérico. Y, en ese momento, el único pensamiento que pudo componer mi cerebro, evidentemente maltrecho tras semejante hostia dialéctica, fue “ah, que el reggaetón se compra”.

Vale, me hago cargo de que este pensamiento quizá pueda parecer una marcianada, pero para mí tiene mucho sentido. La mayoría de mi escasa clientela es gente con unos gustos musicales definidos, que viene a buscar clásicos, o novedades de grupos a los que llevan años siguiendo, pero, en cuatro años que llevo apostado tras este mostrador, nunca ha llegado un solo disco de reggaetón. Esto es debido a una especie de principio universal: solo compra discos quien lo ha hecho siempre, o quien sigue grupos o intérpretes en solitario desde siempre y se hace con sus últimas novedades como el político se abalanza sobre el votante. Esto tiene una lectura muy clara: por muchas leyes de economía sostenible que se hagan, quien nunca ha comprado discos no va a decidir un buen día pasarse por la tienda a ver qué tal me va.

Bueno, que me desvío del tema... al chico le di la película de “Madagascar”, y le dije que era la obra cumbre del género. Después de todo, alguien a quien no le gusta el reggaetón puede disfrutar del rey lémur y su “yo quiero marcha marcha”, al igual que uno puede disfrutar de la hermosa película que es “Brokeback Mountain”, pero lo más probable es que jugar a “Brokeback Mountain: el videojuego” con su Nintendo Wii no le haga la misma gracia.

Saludos


Llevo ya media hora mirando fijamente el despertador, y es que no hay nada peor que despertarse antes de tiempo y no poderse volver a dormir. He probado a contar ovejitas, pero me recuerdan demasiado a los clientes de la tienda, y oye, no soy tan adicto al trabajo como para pensar en ello durante mis ratos libres.

Bueno, como esto es una bienvenida, empezaré por presentarme: soy el dependiente. Trabajo en una tienda de discos, lo cuál me deja mucho tiempo libre (aunque la Ministra de Cultura parece que quiere solucionar ese problema... espero que no, si quisiera trabajar no sería dependiente de una tienda de discos, sería... albañil).

En fin, para que veáis que inauguro este blog con ánimos conciliadores, aquí tenéis una muestra de simpatía: 50 memes en un minuto y medio.